Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Óscar Sánchez Nombela

Profesor de Lengua y Literatura

LA METANOVELA EN GALDÓS

Sobre todo esto gira el primer capítulo de la novela de Benito Pérez Galdós El amigo Manso. Este capítulo lleva por título un sugerente “Yo no existo”. Se trata de una reflexión sobre el Creador y sus seres creados. Aquí un personaje se convierte en el narrador de sus propias inquietudes, situado en un tiempo y en un espacio difuminados por la nada: vive en el limbo de los personajes de ficción a la espera de ser seleccionado por un Hacedor. Pero no caigamos en ningún tentador apriorismo. En esa anonimia del “yo no existo”, de alguna manera, va implícito aquel “cogito,ergo sum”: si yo no existo, quizá eso quiera decir que yo no pienso, o que otros piensan por mí, o que el pensamiento es una facultada humana y nuestro personaje adolece de esa cualidad, de lo humano. Por si acaso no queda claro lo jura y lo perjura. Y aquí empieza, en cierta medida, el juego dialéctico de la literatura con su lector. ¿Qué quiere decir perjura? ¿que jura su no existencia varias veces, o, por el contrario, que jura en falso? Porque si jura en falso quiere decir que sí existe, y acaso que sí piensa, y acaso que sí posee cualidades humanas. Sea como fuere, nuestro personaje reivindica su carácter de mito, de ficción, ante cualquier tentación de compararle a un ser real, en rastrear en él “el retrato de alguien”, porque “ni es, ni ha sido, ni será nunca nadie”. Así pues,  se niega a sí mismo para definir su existencia real: “soy –dice en lenguaje oscuro –una condenación artística, diabólica hechura del pensamiento humano”. Es decir, es un ser creado a un mundo artístico. Pero, ¿por qué es una condenación artística? Retomamos una idea ya aparecida: si el personaje es creado por un hombre, por un ser superior todopoderoso en ese mundo genesíaco, éste puede dirigir su propio pensamiento. Y esto nos lleva a una cuestión un tanto espinosa, ¿es libre el personaje o su destino ya está marcado? Si es una condenación artística la respuesta no parece tan obscura como afirmaba el propio personaje. Porque, en definitiva, tan solo es “ximia Dei”, es el producto alquimista de un dios menor.

                El personaje también nos da las claves de las pautas de creación, conoce el génesis de su propio libro sagrado: “el autor se pone a imitar con estilo las obras que con la materia ha hecho Dios en el mundo físico”. De esta forma, el pseudo-dios del autor crea un mundo falso, de sombras, donde imita la realidad, y donde él no es si no una mera falsificación de hombre. Si él es una falsificación de hombre, si el es un trasunto del ser humano, ¿quién es el que no tiene libertad? ¿el personaje? ¿el ser humano? Porque si la novela engendra tipos imitando la naturaleza, ¿dónde está la frontera entre la realidad y la ficción? ¿Quién piensa? ¿el personaje? ¿el ser humano? ¿el autor? ¿Dios? Desde luego, nuestro rebelde personaje se enfrenta a su propio creador, y a todos los de su calaña, catalogándolos de holgazanes que el vulgo, bondadosamente, llama artistas. Es tan solo el sueño de otro sueño, la sombra de otra sombra, es una sospecha de una posibilidad.

                Y a la espera de ese ropaje de realidad se pregunta el personaje si el no ser nadie equivale a ser todos. ¿Eso quiere decir que todos esos personajes no son nadie? ¿Ninguno piensa? ¿Ninguno es libre? ¿Es posible extender esta idea al original, al ser humano? Parece ser que las respuestas a estas preguntas es lo que le entretiene mientras permanece en los espacios de la idea; quizá porque cuando definitivamente le echen al ruedo de la vida encuentre la respuesta definitiva, aquella en la que el dolor le diga que es un ser humano.

                Evidentemente todo esto que plantea Galdós solo ya en el primer capítulo de esta novela tiene que ver con eso que llaman metanovela, donde los personajes se cuestionan su realidad de ficción. Ahí están don Quijote y Sancho como jueces de su historia de ficción; o Augusto, el personaje de Niebla, pidiéndole a Unamuno que acabe con su existencia; o a Borges, o al otro Borges, el que se esconde tras las ficciones de la Biblioteca de Babel. Porque en ese “Yo no existo” se cierra ese juego tan cervantino del perspectivismo como forma de estudio de la realidad; en este caso a través de un personaje que se cuestiona su existencia, la de todos los seres de ficción, y la de todos los seres que estos imitan, el hombre. Y ahí cuestiona la capacidad del raciocinio, del pensamiento, de la libertad. Y no solo de esto, sino incluso de la forma más tradicional de novelar en el siglo XIX que se revela insuficiente para contener el caos del mundo, reivindicando así una nueva poética concebida por un bien común innegociable, la liberta. Así el autor, el artista, el poeta, se convierten en un pequeño dios hacedor de nuevos mundos. Ahí reside, quizá, la pagana religiosidad de la literatura, que convierte la unión arbitrárea de palabras en un texto sagrado al cual acuden con devoción aquellos fieles que buscan una explicación ante la insuficiencia de un mundo contemporáneo que relega y arrincona sistemáticamente en el recuerdo del pasado eso tan incómodo para los poderes fácticos que se llama imaginación. Por eso, en este contexto, hacemos extensible la poética de José Manuel Caballero Bonald a todas las poéticas, no la de los holgazanes de los que hablaba nuestro personaje, sino a la de aquellos que hacen removerse en el asiento o en la conciencia del lector: “Que mi palabra en el poema signifique más que en la realidad”



escrito el 23 de junio de 2010 por en General


1 Comentario en LA METANOVELA EN GALDÓS

  1. polkillas | 15-07-2010 a las 19:59 | Denunciar Comentario
    1

    Y el caso es que “El amigo Manso” es una novela curiosa. Pertenece al periodo más realista, naturalista según Caudet, de Galdós, pero este primer capítulo y el último enmarcan de manera fantástica la obra. Fantástica como “bien escrita” y como “inverosímil”.

    Según afirmó J. Rodríguez Puértolas en una clase en la UAM, Galdós cogió un cuento fantástico, que correspondería al prólogo y el epílogo de la obra, y lo “rellenó” con una historia realista. Cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que Galdós no sólo era un novelista moderno, sino casi posmoderno.

Escribe un comentario

Recuerda que:
  • Las opiniones aquí expresadas serán responsabilidad tuya, y en ningún caso de Aprender a Pensar
  • No se admitirán comentarios que vulneren lo establecido por las leyes y por las Normas de uso de este sitio
  • Aprender a Pensar se reserva el derecho de eliminar los comentarios que considere inadecuados
Los datos serán tratados de acuerdo con lo establecido en la Ley Orgánica 15/1999 de 13 de diciembre de Protección de Datos de Carácter Personal, y demás legislación aplicable. Consultar nuestra Política de Privacidad
Aprender a Pensar