LA FALACIA DE LA MEMORIA
No deja de ser una licencia poética el momento en el que un personaje de un texto narrativo se erige como narrador de unos hechos pasados. Porque, ¿cómo es posible que el Lázaro desposado con la barragana del arcipreste le cuente en una carta a ese vuestra merced de forma tan pormenorizada su vida? El caso de Pascual Duarte es similar, y la memoria de Ángela Carballino es portentosa para poder rememorar tantos aspectos del párroco Manuel Bueno. Se trata, claro está, simplemente de tres ejemplos, nada significativos, que muestran la mayor reflexivilidad del lenguaje escrito frente a la inmediatez del lenguaje oral.
En “Campo de amapolas blancas”, novela publicada en 2008, su autor (Gonzalo Hidalgo Bayal), o, mejor dicho, su narrador reflexiona precisamente acerca de este punto: “No alcanza mi entendimiento a comprender que alguien que escribe algunos años después de los hechos […] recuerde con tan minuciosa exactitud cómo su interlocutor movió la mano, miró hacia la ventana, se rascó la nariz o se arregló el cabello”. La propuesta de Hidalgo Bayal es sencilla e innovadora: construir el relato a base de retazos de una memoria inevitablemente selectiva y completamente subjetiva. La reconstrucción así es un ejercicio narrativo donde el lector se convierte en una parte activa para desentrañar en los recuerdos y en el silencio la intención comunicativa del texto. Pero para la consecución de esto uno debe leer esta interesantísima novela.



