LA LITERATURA JUVENIL:CONCLUSIONES
Confieso que he pecado y confieso que he caído en la tentación del mal. Quiero decir que he caído en la tentación de incluir dentro de mi Programación de Aula algunas de estas lecturas que pencan en exceso de falta de inteligencia y que aborrezco francamente hasta la náusea. Pero lo cierto es que algunas de estas lecturas, criticables desde luego desde un punto de vista literario, funcionan y alcanzan el objetivo último que se persigue con todo Plan de Fomento a la Lectura, y que no es otro que el de incendiar la inquietud lectora, la llama que siempre arde. Desde luego que alcanzar esto no es nada desdeñable, y más en esta época de las nuevas tecnologías y de las redes sociales donde somos David frente a Goliat: fabricaremos nuestra honda con títulos olvidables que abran huellas.
Y lo peor de todo es que no me remuerde la conciencia cuando utilizo en el aula estos títulos como tacataca: la literatura juvenil, en definitiva, se convierte en unos ruedines que ayudan cuando uno empieza a aprender. Quizá llegue un día en el que ya no hagan falta, un día en el cual el alumno, dotado de confianza y de fe en su madurez lectora, pueda continuar solo su camino. Pero para alcanzar este punto es necesario y vital no quedarse en la anécdota del lector conformista. Quizá sería imprescindible la creación de una figura que compartiese con el alumno la experiencia lectora y vital que enriquece la literatura; una especie de tutor-lector, un maestro en el sentido etimológico y filosófico del término. Si tanta importancia debe soportar la competencia lectora, no es descabellado plantear una materia optativa o una tutoría lectora con una ratio ínfima donde el profesor se erija en guía y enseñe a leer verdaderamente al alumno. Aunque no sé si esto suena a mito o a leyenda. Sea como sea, por lo menos pertenecen al género narrativo. Algo es algo.



